Burutal XVI – While Yearn To Fly
Burutal XIX – A Quiet Strenght
Burutal IX – Life’s Fleeting Dream
Rerar Cagabandúrries
Rerar Nyébita
Rerar Gata Moixa
En estas colecciones, las obras despliegan un universo visual intenso y meticulosamente construido a partir de la fragmentación. Propongo una mirada contemporánea sobre la percepción: lo que parece unido se deshace en cuadrículas; lo familiar se distorsiona hasta convertirse en extraño. A través del lenguaje del mosaico, de la superposición y de la alteración deliberada de formas reconocibles, estas pinturas nos sitúan en un espacio de tensión entre el reconocimiento y la pérdida, entre lo vivido y lo que se escapa de la memoria.
BURUTAL·S No son una representación naturalista, sino una construcción hecha de fragmentos pictóricos autónomos, cada uno con una textura, gesto o color que aporta una pieza diferente al conjunto, en un patrón cuadriculado. Sin embargo, este paisaje no es realmente un paisaje. Es una meditación sobre la idea de mirar. El árbol, tradicionalmente símbolo de arraigo y crecimiento, se convierte en una estructura fracturada, casi digital, que obliga al espectador a reconstruirlo mentalmente. La imagen se ha convertido en una especie de memoria en proceso: no tenemos acceso a la totalidad, sólo a restos, indicios, capas que se han ido desplazando con el tiempo. Las líneas verticales y horizontales no sólo organizan el espacio: cuestionan la unidad del mundo natural y sugieren que incluso la naturaleza es una sucesión de percepciones parciales.
RERAR·S dirige esta misma operación conceptual hacia la figura humana. Aquí, el rostro ocupa casi todo el lienzo, proyectando una presencia inmediata pero incomodamente fragmentada. El espectador reconoce unos ojos inmensos -uno de ellos desmesuradamente grande y cargado de detalle- unos labios rojos exagerados, una oreja que parece casi desencajada, y una piel construida a partir de un mosaico de cuadrados. Son retratos que juegan con la expresividad del cuerpo, pero también con su vulnerabilidad: la identidad de la figura no se presenta como un todo coherente, sino como un collage de emociones, gestos y posibles interpretaciones. Su construcción es tan fragmentada que cualquier intento de comprender plenamente su expresión queda interrumpido.
El espectador debe hacer un esfuerzo constante por unir las piezas, sabiendo que el resultado nunca será completamente estable. La obra funciona como metáfora de la identidad contemporánea: fluida, contradictoria, siempre en proceso de redefinición.
Ambas colecciones comparten un lenguaje visual construido sobre el contraste -contraste entre colores, entre gestos pictóricos, entre niveles de detalle y deformación- pero también comparten una filosofía común. La fragmentación no es aquí un ejercicio formalista, sino una forma de interrogar la realidad. Al dividirla, el artista revela sus múltiples capas que la conforman. Al romper la unidad, abre un espacio para el misterio, para lo innumerable, para la mirada atenta.
La combinación de texturas pictóricas y patrones geométricos genera un dinamismo que mantiene el ojo en constante movimiento. Es como si las obras sugieran que nada es nunca fijo: ni la naturaleza, ni el rostro, ni la memoria, ni siquiera la pintura. Cada cuadrado, cada línea, cada gesto cargado de color es parte de un todo que no acaba de formarse, que se encuentra siempre en un estado de transformación.
Estas colecciones, finalmente, nos invitan a reflexionar sobre nuestra forma de mirar el mundo. Nos recuerda que lo que percibimos es sólo una síntesis parcial de una realidad mucho más compleja. Nos invitan a aceptar la belleza del fragmento, la poesía de la ruptura, y la posibilidad de que la verdad se encuentre, tal vez, en la suma imperfecta de todas estas piezas.
